Él no tenía un arma, aún así yo también moriría hoy. Aunque no me atrevía a ver su cara sabía que él podía intuirlo. Su instinto animal se extendía más allá de comer carne. Al menos me quedaba el pequeño consuelo de encontrarme solo en medio de la selva. No había súbditos con quienes fingir valentía. Él lo sabía también. Seguramente se escuchaba fuerte en sus orejas gigantes el sonido de la cobardía cercenándome. Debe haberse sentido misericordioso de dejarme morir lo suficientemente lejos de donde pudiese conocerse la verdad. Incluso se quedo quieto un par de minutos más para que alcanzara a sentir la suerte de que tal vez ni me reconocerían. No tendría que dar explicaciones ni sentirme exiliado de mi trono. Entonces movió solo un centímetro su cuerpo descomunal y yo mojé mis pantalones. Aún así continué mirando el suelo. Entonces su boca larga acarició mi oído como en un beso y no en un duelo a muerte. Mientras le hacía caso y lo dejaba ciego, sentía mi corona hacerse añicos. Ahora que estaba seguro de que él moriría primero, pude verlo. En su rostro se reflejaba la historia de la humanidad. Millones de años parecían haber cincelado cada una de las arrugas de la cara. Con su cara de elefante no necesitó un arma para matarme de culpa y pena.
#2
No hay comentarios:
Publicar un comentario