
No entiendo si al final robé tus canciones o las de él, pero me daba un poco de vergüenza escucharlas a escondidas en esa noche oscura y encerrada; eran tus sentimientos que vagaban hasta mis oídos y eso no era, definitivamente, mío...¿Y se suponía que debía llorar? Es el efecto secundario permanente.
No existe manera alguna de llegar a las luces, nunca seré parte de todo esto. Y en cada esquina de la calle, se esparcen aquellos hombres con sus rostros pintados de negro, consumiendo aspirinas, y los niños miran y bajan la vista mientras saltan el cordel y yo desde casa, interrumpiendo de manera imperceptible tu vida, robándote y tú sin saber.
Mi cabeza se apoya contra la pared y recuerdo el gorro de mi chaqueta y me escondo en él y cuando mamá aparece no tiene idea y pienso en mis montones de cosas por hacer, que ojala no tenga pesadillas esta noche y que no entren zancudos por la ventana, quiero amanecer de ánimo mañana.
Tus canciones o las de él, se deslizan suave, como si dibujaran tus curvas malditas y pintaran esta noche del color de tu melancolía, las escogistes tan bien y luego las tiraste al aire, y yo te imagino sonriendo con la angustia pegadita al pecho, pero él solo las dejó caer y no le importo que alguien como yo las ensuciará con esmalte brillante.
Es imposible, esta noche se mueve lenta, en colores purpuras que se derriten frente a mí, en una soledad acompañada del murmullo de los autos, de los zombies con vida, que también se extravían como llaves encogidas, y tú quieres aspirinas que te hagan sonreír y yo no quiero que te pierdas en el caos de mis múltiples esquinas y que sus rostros negros contagien el tuyo, tú solo debes saltar el cordel.
¿Cómo fue que terminamos bailando con la pared?
(En el momento exacto en que mis abrazos no pudieron alcanzarte).
Tu música o la suya seguirá sonando y mis mejillas frías contra la pared hasta que esta noche se vuelva silenciosa otra vez.